"...es mayor el tiempo que debo agradar a los de abajo que a los de aquí. Allí reposaré para siempre. Tú, si te parece bien, desdeña los honores de los dioses." Antígona, Sófocles.



viernes, 17 de diciembre de 2010

BREVE SOBRE ANÁLISIS DE LA MORALIDAD DE LOS ACTOS VOLUNTARIOS Y LOS CONSEJOS

Existe una notable diferencia entre juzgar un acto que vamos a realizar o un acto ya realizado por nosotros mismos (juicios de conciencia), o juzgar lo que otro hizo; y aconsejar a otro que va a actuar sobre cómo actuar bien, obrar mejor o, simplemente, no obrar mal.

Como ya indicamos en una entrada anterior, cuando juzgamos lo que vamos a hacer debemos considerar la acción en sí misma (objeto), el fin que nos motiva (intención) y las circunstancias de su posterior ejecución. Dado que la acción es futura, es posible que no podamos abarcar todas las circunstancias que determinarán finalmente la acción como tal acto concreto realizado por nosotros. Cuando juzgamos lo ya realizado, podemos tomar la acción como un todo concreto que “salió” de nosotros. Debemos reconocer ese acto como propio, aunque no siempre nos guste.

También podemos pensar en el siempre difícil juicio al obrar de otros. Salvando el misterio que hay en cada persona y su obrar, es verdad que observamos el obrar ajeno, tomamos ejemplo, aprendemos o rechazamos lo que otros hacen. Josef Ratzinger indicó en una entrevista que el uso de preservativo por parte de un prostituto podía significar un comienzo de preocupación moral de parte del sujeto en cuestión. O sea, que puede serlo o no, según las circunstancias. Veamos: el objeto del acto es el comercio sexual homosexual, acto intrínsecamente malo moralmente por contravenir un principio primario de ley natural; la intención, obtener dinero; y entre las circunstancias puede estar como instrumento el uso de preservativo; y como motivación adicional, no contagiar o contagiarse enfermedades. En algún caso esta “preocupación” por el otro puede ser un atenuante de algo que ya es muy malo: comercio homosexual por dinero. Pero no siempre lo será. Dependerá de si el sujeto estaba realmente preocupado por la salud del otro y si ha vivido ‘adoctrinado’ por la moral hegemónica de la salud y la higiene.

Lo que puede ser, entonces, una circunstancia atenuante de una acción ya muy grave, no entra en lo que es aconsejable a otros, ni puede fácilmente extenderse a otros casos en que un sujeto utilice preservativo.

Por ejemplo, el uso de preservativo en un acto de fornicación o adulterio más bien indica la mayor malicia del que pensó antes de obrar, pero pensó cómo obrar el mal. La pasión podía atenuar la gravedad; el detenerse a pensar en el preservativo muestra que se podía (que hubo tiempo y premeditación) pensar en la injusticia que se va a realizar. El acto es más grave, incluso dejando de lado la cualidad anticonceptiva que tiene el adminículo como instrumento. Precisamente el uso del preservativo es un signo de la premeditación.

Al que va a realizar una acción gravemente injusta debemos aconsejarle que no la haga (Esto también lo tratamos). Debemos proponerle algo bueno que suplante lo malo que va a hacer. No podemos aconsejar cómo hacer “mejor” el mal. Yo creía que así expresado ya se hacía evidente lo disparatado de una afirmación semejante. Sin embargo, leí en varios medios católicos que la Iglesia aconsejaba también cómo hacer el mal (por ejemplo, en el periódico Cristo hoy, diciembre 2010).

Como es dificil juzgar las intenciones ajenas, me limito a señalar lo erróneo de semejante supuesto, destructivo, por otra parte, de lo que muchos han edificado en estos últimos años desde la cultura de la vida.


 

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